Nadie discute la participación de la mujer en la actividad política: ni “la revolución” democrática del sufragio femenino activo y pasivo, durante el siglo XX, ni que se trata de un derecho asimilado a todas las Constituciones vigentes en el mundo libre, que es preciso extender a toda la Humanidad.
Las diferencias entre mujeres de distintos partidos conciernen a la evaluación de las condiciones reales, no sólo jurídicas, en las que las mujeres ejercen ese derecho a participar en la gobernanza. También existen matices distintos, lo bastante significativos, sobre lo que queda por hacer para alcanzar la igualdad plena de condiciones con sus colegas masculinos. Son las principales conclusiones que se desprenden de la mesa redonda sobre Mujer y Política, parte de un ciclo sobre La mujer en la España de hoy, celebrada el pasado miércoles 21 de mayo en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Rey Juan Carlos, y fruto de la cooperación entre la institución académica y la Fundación Eduardo Barreiros.
Para Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, “la de la mujer es la única revolución que triunfó en el siglo XX”. Junto a las revoluciones de signo totalitario que fueron en el pasado siglo, fascismo, nazismo y bolchevismo, la “revolución de la mujer” vino a completar el círculo liberal de la emancipación individual iniciado en el siglo XIX, según el análisis de la también presidenta del PP de Madrid.
Pero haber triunfado no significa haber culminado. La señora Aguirre constató “lo mucho” que, a su juicio, queda por hacer para “pasar de la igualdad jurídica a la igualdad real” de hombres y mujeres, también en la actividad política. Seleccionó unos datos sobre la alta volatilidad de las mujeres en cargos públicos, para demostrar que “los hombres están en la política, mientras que las mujeres sólo pasan por ella”, según vino a decir.
Otro desafío, a su juicio, es la extensión de la igualdad a los países donde aún no existe y suponen la mayoría de la población femenina del mundo; países con regímenes totalitarios o teocráticos donde la mujer sigue siendo tratada como un ser inferior.
Elvira Rodríguez, presidenta de la Asamblea de Madrid, puso el acento en la “normalización” de la igualdad hombre-mujer, el próximo eslabón reticente de la “revolución” femenina del siglo XX. Un punto de vista con el que coincidió Soraya Sáenz de Santamaría, portavoz del Grupo Popular en el Congreso, que enumeró serios inconvenientes prácticos que impiden, aún hoy, que la mujer pueda participar en política en igualdad de condiciones con el hombre. Entre esos inconvenientes, la señora Sáenz destacó “los horarios absurdos” de ciertas actividades políticas, como reuniones de partido convocadas a menudo por la noche, que impiden la conciliación de la vida personal y laboral.
De esta difícil prueba dio testimonio personal, además, la consejera de Educación de la Comunidad de Madrid, Lucía Figar. La señora Figar explicó su experiencia al dar a luz a dos hijos durante su mandato en el Gobierno autónomo. No dejó muy bien parada a su “jefa” (como la llamó), la presidenta Aguirre, al revelar que, aunque recibió de ella todo el apoyo para ser madre, también dio a conocer las presiones que recibió de la presidenta para presentarse a los pocos días de dar a luz en un acto político con familiares de las dos víctimas del atentado contra el aparcamiento de la Terminal T-4 del Aeropuerto Madrid-Barajas, perpetrado por la banda terrorista ETA el 30 de diciembre de 2006.
La conclusión de la señora consejera, basada en su propia experiencia, es que “es particularmente difícil llevar la conciliación a la actividad política”, que exige una presencia constante y tolera poco la delegación. El caso de la señora Figar remite a otro que está siendo comentado intensamente en los foros públicos en los últimos días, nos referimos a la reciente maternidad de la ministra de Defensa, Carmen Chacón. Durante el tiempo de baja al que tiene derecho, la señora Chacón está siendo sustituida por el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. También se ha sabido que la ministra compartirá el tiempo de baja con su marido, Miguel Barroso, director de la Casa de América. Esta posibilidad es una de las medidas introducidas por la llamada Ley de Igualdad aprobada en la pasada Legislatura.
Las señoras Aguirre, Rodríguez, Sáenz de Santamaría y Figar, todas del mismo partido político, se declararon contrarias a las medidas de discriminación positiva contempladas en esa Ley; una política que fue defendida abiertamente por Trinidad Jiménez, secretaria de Estado para las relaciones con Iberoamérica y dirigente del PSOE; por Rosa Díez, diputada de Unión, Progreso y Democracia, y por Inés Sabanés, diputada de Izquierda Unida en la Asamblea de Madrid. En este punto se manifestó la principal diferencia de análisis de las dos tendencias políticas representadas en el coloquio: una liberal clásica y la otra, intervencionista.
La señora Jiménez invocó la tradición feminista y también el legado de la II República, como orígenes del progreso de la mujer española a lo largo del siglo XX. Subrayó que el sufragio femenino se aprobó, precisamente, en 1931, por el régimen republicano. Olvidó mencionar, sin embargo, que en su partido, el PSOE, hubo una resistencia muy poderosa, encabezada por el propio secretario general, señor Largo Caballero, a reconocer este derecho a las mujeres. Consideraba esta corriente interna del socialismo que el femenino era un electorado cautivo del “clero” y “la derecha”.
La secretaria de Estado abogó por las políticas de discriminación positiva actualmente vigentes, porque, a su juicio, “hay que romper el techo de cristal” que aún frena el ascenso de las mujeres a puestos en los que se toman decisiones importantes. Recordó que otros países “más avanzados”, refiriéndose a las democracias del Norte de Europa (Suecia, Dinamarca, Finlandia, Noruega,…) han aplicado esas medidas con eficacia y, cuando las han abandonado, han tenido que volver a ellas debido a la “inercia histórica” del predominio masculino en los puestos de alta dirección del Estado y de las empresas.
Para Rosa Díez, no hay nada de malo en las llamadas “cuotas”. “Los hombres tienden a rodearse de hombres”, lo justificó.
La diputada ex comunista Inés Sabanés vinculó las “conquistas” de la mujer española en el siglo XX con el movimiento feminista y con “la lucha por la democracia y las libertades” desarrollada por la oposición al Franquismo.
La última en intervenir, María Dolores de Cospedal, presidenta del PP de Castilla-La Mancha, remarcó algunos de los análisis expuestos por sus colegas de coloquio, como la dificultad de conciliar, los “horarios absurdos” o el “test de idoneidad” que, también a su juicio, se aplica a las mujeres, y no a los hombres, cuando son elegidos o designados para desempeñar cargos públicos.
Para cuando intervino la señora De Cospedal, el largo coloquio ya había decaído y hasta la presidenta de Madrid lo había abandonado seguida por un ejambre de periodistas que esperaban oírla añadir otra opinión a la aguda crisis que vive su partido. La señora Aguirre se pasó gran parte del acto pendiente de su teléfono móvil.
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